El señor viejito que saluda agradecido mostrando las palmas de sus manos es Bernard Haitink.
Tiene 90 años.
Hace música.
Le he escuchado dirigir el cuarto concierto de piano de Beethoven y la séptima sinfonía de Bruckner en uno de los proms del Royal Albert Hall.
Es un señor pequeñito, cansado, de andares lentos y aparentemente torpes, pero que durante más de dos horas ha tenido delante a una orquesta de 80 ó 90 músicxs, y a sus espaldas más de 5000 personas pendientes de sus movimientos.
Esas manos que en la foto se ven pequeñas, frágiles, en algún momento temblorosas, han sido capaces de hacer el milagro: cerraba un puño, bajaba o subía la batuta, agitaba un par de dedos, y a cada movimiento de una u otra toda la orquesta le seguía como un solo instrumento, subiendo y bajando, agitándose y serenándose.
Al final de la sinfonía, ha levantado la mano izquierda sosteniendo el silencio, manteniendo el sonido de las últimas notas en el aire hasta que se ha extinguido del todo. Ninguna de las 5000 ó 6000 personas que estábamos escuchando se ha atrevido a aplaudir hasta que el silencio ha sido total y él ha bajado la mano que sujetaba ese silencio gigante y se ha apoyado, por fin, en el atril para descansar.
Al terminar ha salido a saludar varias veces a un público que no dejaba de aplaudirle. Tenía cara de estar absolutamente agotado. Pero también tenía una medio sonrisa que parecía querer decir que ésto es lo que sabe hacer, y que lo hace muy bien, y que va a seguir haciéndolo mientras pueda subirse al podio.
Y caminando iba pensando que ganar / Siempre es tentar a la otra cara de la suerte / Y que por eso te hacen daño los huesos / Cuando golpeas fuerte //
Y así se fue chasqueando los dientes / En memoria de algún actor / Cuyo nombre se ha perdido / Y que hacía de bandido //
Y sintió la alegría del olvido / Y al andar descubrió la maravilla / Del sonido de sus propios pasos / En la gravilla...
[El canto del gallo, Radio Futura, 1987]
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martes, 3 de septiembre de 2019
martes, 27 de agosto de 2019
La flauta mágica
Me dice un señor con el que he estado charlando al entrar en la arena del Royal Albert Hall, que lo de estar en la primera fila de los conciertos, tan cerca del escenario que casi lo puedes tocar, viendo el sudor de los cantantes y los gestos de los músicxs, engancha.
Me lo dice tocando la valla que nos separa poco más de un metro del escenario en el que acabamos de ver La flauta mágica de Mozart. La mira, pone la mano sobre ella, le da un par de palmaditas y me dice mirándome, creo que emocionado: "ésto engancha".
Repetiré. Aún me quedan unos días aquí y creo que aprovecharé para volver a estar junto a esa valla un par de veces más. Ya tengo anotados los conciertos que me apetecen de estos días.
Sí, es cierto, ¡engancha!
Me lo dice tocando la valla que nos separa poco más de un metro del escenario en el que acabamos de ver La flauta mágica de Mozart. La mira, pone la mano sobre ella, le da un par de palmaditas y me dice mirándome, creo que emocionado: "ésto engancha".
Repetiré. Aún me quedan unos días aquí y creo que aprovecharé para volver a estar junto a esa valla un par de veces más. Ya tengo anotados los conciertos que me apetecen de estos días.
Sí, es cierto, ¡engancha!
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lunes, 19 de agosto de 2019
Beethoven
He vuelto a los Proms.
Había estado un par de veces en el verano del 90, cuando vine a Londres a ver a Adriana.
Entonces no tuve que sacar yo la entrada y no me enteré muy bien de cómo iba la cosa.
Ahora, 29 años después, se hace una cola por la mañana, para evitar que la gente se pase todo el día esperando a la intemperie, y a partir de las 9 reparten unos números para hacer la cola de la tarde y comprar la entrada.
Todo en riguroso orden británico: ningún tumulto, ni el menor intento de colarse, sin atropellos, con absoluta impasibilidad y paciencia.
He tenido la suerte de tener delante de mí, en el puesto 12 de la cola, yo era el 13, a un señor que se ha encargado de asesorarme sobre a qué hora debía estar por la tarde, cómo debía entrar en la arena para lograr el mejor sitio y qué hacer durante el descanso para no perder nuestro lugar en la primera fila...
Beethoven maravilloso, emocionante, gigantesco.
Tengo aún unos cuantos días por delante: repetiré.
Había estado un par de veces en el verano del 90, cuando vine a Londres a ver a Adriana.
Entonces no tuve que sacar yo la entrada y no me enteré muy bien de cómo iba la cosa.
Ahora, 29 años después, se hace una cola por la mañana, para evitar que la gente se pase todo el día esperando a la intemperie, y a partir de las 9 reparten unos números para hacer la cola de la tarde y comprar la entrada.
Todo en riguroso orden británico: ningún tumulto, ni el menor intento de colarse, sin atropellos, con absoluta impasibilidad y paciencia.
He tenido la suerte de tener delante de mí, en el puesto 12 de la cola, yo era el 13, a un señor que se ha encargado de asesorarme sobre a qué hora debía estar por la tarde, cómo debía entrar en la arena para lograr el mejor sitio y qué hacer durante el descanso para no perder nuestro lugar en la primera fila...
Beethoven maravilloso, emocionante, gigantesco.
Tengo aún unos cuantos días por delante: repetiré.
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domingo, 22 de abril de 2018
Descubrimientos
Hoy ha sido un día larguísimo y agotador en el que he visto un montón de cosas interesantes...
Lo primero es antes: por la mañana he ido con Hortensia, una compañera profa, a la Reading Room de la British Library, en el Museo Británico.
Una belleza.
Una experiencia de esas que sospecho que recordaré durante toda la vida.
Una emoción gigantesca sentir que durante unos minutos estás en uno de esos lugares en los que se ha creado el mundo en el que vivimos.
Me gusta decir que no soy muy fetichista, pero sé que seguramente no es del todo cierto. Y creo que éste es uno de esos lugares que voy a conservar siempre en la memoria.
Además de ser un espacio maravilloso, da un vértigo enorme, al menos a mi, pensar en las miles de personas que han pasado por allí a compartir y crear conocimiento. Y da aún más vértigo pensar que entre muchas de esas personas anónimas también han estado bajo ese techo, leyendo, pensando y creando, Marx, Gandhi, Woolf, Dickens, Darwin, Lenin, Kipling, Orwell, Mark Twain, Stoker, Russell y tantísima otra gente...
Parece ser que, desde hace veinte años que se trasladó la biblioteca a un nuevo edificio y se dejó aquí sólo esta sala, se abre al público en rarísimas ocasiones. Y hoy ha sido una de ellas. Y hemos tenido la suerte de poder estar. Parece ser que no hay ningún motivo claro para que esté cerrada. Cuando preguntamos por curiosidad, una chica de las que organizaba el evento nos dice que hay algo político. Una señora muy mayor que nos cuenta que ella fue usuaria de la biblioteca y nos explica cómo se pedían los libros y cómo se usaban los atriles, nos dice que por favor escribamos a la biblioteca y al museo diciendo que se use la Reading Room, que es un crimen tenerla cerrada.
Parece que es un problema de políticos y de egos: no está claro de quién es la sala, si del museo o de la biblioteca, ni quién puede usarla. Y unos por otros, la casa sin barrer.
La excusa para abrirla en esta ocasión ha sido un festival que se está celebrando estos días en el museo en el que, entre otras cosas, se están ejecutando algunas obras musicales del siglo XX. Y hoy han hecho una ¿interpretación? del Poema sinfónico para 100 metrónomos de György Ligeti, una obra extraña, hipnotizante y provocadora que yo conocía de haberla escuchado en disco y haber leído sobre ella pero que, por supuesto, nunca había visto en vivo.
[Por cierto, en una esquinita de la foto que he hecho, se pueden ver algunos de los metrónomos...]
En fin, una experiencia inolvidable que, unida al concierto de ayer, ha redondeado un fin de semana muy musical...
Luego Hortensia me ha dicho que había quedado con una amiga y que iban a ir a una visita guiada sobre graffitis y arte urbano en el barrio de Whitechapel. Y eso ha sido otra historia... como para contar en otro momento. Todo un descubrimiento.
Y entre medias, nos hemos cruzado con la maratón. Y al ver a la gente correr, agotadita ya en el km 36, me han vuelto a entrar las ganas y la envidia de verme ahí...
Lo primero es antes: por la mañana he ido con Hortensia, una compañera profa, a la Reading Room de la British Library, en el Museo Británico.
Una belleza.
Una experiencia de esas que sospecho que recordaré durante toda la vida.
Una emoción gigantesca sentir que durante unos minutos estás en uno de esos lugares en los que se ha creado el mundo en el que vivimos.
Me gusta decir que no soy muy fetichista, pero sé que seguramente no es del todo cierto. Y creo que éste es uno de esos lugares que voy a conservar siempre en la memoria.
Además de ser un espacio maravilloso, da un vértigo enorme, al menos a mi, pensar en las miles de personas que han pasado por allí a compartir y crear conocimiento. Y da aún más vértigo pensar que entre muchas de esas personas anónimas también han estado bajo ese techo, leyendo, pensando y creando, Marx, Gandhi, Woolf, Dickens, Darwin, Lenin, Kipling, Orwell, Mark Twain, Stoker, Russell y tantísima otra gente...
Parece ser que, desde hace veinte años que se trasladó la biblioteca a un nuevo edificio y se dejó aquí sólo esta sala, se abre al público en rarísimas ocasiones. Y hoy ha sido una de ellas. Y hemos tenido la suerte de poder estar. Parece ser que no hay ningún motivo claro para que esté cerrada. Cuando preguntamos por curiosidad, una chica de las que organizaba el evento nos dice que hay algo político. Una señora muy mayor que nos cuenta que ella fue usuaria de la biblioteca y nos explica cómo se pedían los libros y cómo se usaban los atriles, nos dice que por favor escribamos a la biblioteca y al museo diciendo que se use la Reading Room, que es un crimen tenerla cerrada.
Parece que es un problema de políticos y de egos: no está claro de quién es la sala, si del museo o de la biblioteca, ni quién puede usarla. Y unos por otros, la casa sin barrer.
La excusa para abrirla en esta ocasión ha sido un festival que se está celebrando estos días en el museo en el que, entre otras cosas, se están ejecutando algunas obras musicales del siglo XX. Y hoy han hecho una ¿interpretación? del Poema sinfónico para 100 metrónomos de György Ligeti, una obra extraña, hipnotizante y provocadora que yo conocía de haberla escuchado en disco y haber leído sobre ella pero que, por supuesto, nunca había visto en vivo.
[Por cierto, en una esquinita de la foto que he hecho, se pueden ver algunos de los metrónomos...]
En fin, una experiencia inolvidable que, unida al concierto de ayer, ha redondeado un fin de semana muy musical...
Luego Hortensia me ha dicho que había quedado con una amiga y que iban a ir a una visita guiada sobre graffitis y arte urbano en el barrio de Whitechapel. Y eso ha sido otra historia... como para contar en otro momento. Todo un descubrimiento.
Y entre medias, nos hemos cruzado con la maratón. Y al ver a la gente correr, agotadita ya en el km 36, me han vuelto a entrar las ganas y la envidia de verme ahí...
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viernes, 30 de marzo de 2018
El Mesías en el RAH
Esta tarde hemos ido a ver El Mesias de Haendel en el Royal Albert Hall. Llevan ciento no sé cuántos años interpretando en este lugar El Mesías cada Viernes Santo. Y hoy hemos tenido la suerte de poder escucharlo y vivirlo en directo. Podría tratar de contar aquí la experiencia, pero no lo voy ni a intentar: ha sido maravilloso.
Recuerdo que hace casi treinta años, cuando vine a Londres a visitar a Adriana, estuve un par de veces en los Proms del Royal Albert Hall con los Gil. Una de las veces fue para escuchar La flauta mágica de Mozart. Tenía un recuerdo vago del lugar y muy mezclado con las fotos y vídeos que he visto en todos estos años, así que ha sido casi como ir por primera vez.
Hemos llegado con tiempo, así que hemos intentado investigar un poco y colarnos por algunos pasillos para tratar de ver el edificio. No nos han dejado asomarnos desde la galería de arriba del todo, pero hemos podido pasear un poco por algunas de las gradas altas. Desde allí he hecho la foto de hoy.
No conozco mucho El Mesías: lo he escuchado alguna vez en youtube o en disco pero nunca en concierto. Así que he ido con esa precaución y ese interés de asistir por primera vez a algo que no conoces y que sabes que es grande. Estos días, para hacernos más fácil el concierto, he estado buscando información, recopilando los textos y las traducciones, etc. y preparé una especie de "programa de mano" que nos ayudara durante el concierto a seguirlo con más facilidad.
Nunca deja de sorprenderme el poder de la música: doscientas personas sobre un escenario, haciendo música como si fueran una sola, manteniendo la atención y el asombro de otras cinco mil. Hay algo sobrecogedor en esa representación casi catártica, en esa entrega del público confiando en que se le va a brindar una experiencia que le va a transformar.
Conmigo hoy ha funcionado: he salido, de algún modo, transformado después de vivir este concierto.
¡Seguimos!
Recuerdo que hace casi treinta años, cuando vine a Londres a visitar a Adriana, estuve un par de veces en los Proms del Royal Albert Hall con los Gil. Una de las veces fue para escuchar La flauta mágica de Mozart. Tenía un recuerdo vago del lugar y muy mezclado con las fotos y vídeos que he visto en todos estos años, así que ha sido casi como ir por primera vez.
Hemos llegado con tiempo, así que hemos intentado investigar un poco y colarnos por algunos pasillos para tratar de ver el edificio. No nos han dejado asomarnos desde la galería de arriba del todo, pero hemos podido pasear un poco por algunas de las gradas altas. Desde allí he hecho la foto de hoy.
No conozco mucho El Mesías: lo he escuchado alguna vez en youtube o en disco pero nunca en concierto. Así que he ido con esa precaución y ese interés de asistir por primera vez a algo que no conoces y que sabes que es grande. Estos días, para hacernos más fácil el concierto, he estado buscando información, recopilando los textos y las traducciones, etc. y preparé una especie de "programa de mano" que nos ayudara durante el concierto a seguirlo con más facilidad.
Nunca deja de sorprenderme el poder de la música: doscientas personas sobre un escenario, haciendo música como si fueran una sola, manteniendo la atención y el asombro de otras cinco mil. Hay algo sobrecogedor en esa representación casi catártica, en esa entrega del público confiando en que se le va a brindar una experiencia que le va a transformar.
Conmigo hoy ha funcionado: he salido, de algún modo, transformado después de vivir este concierto.
¡Seguimos!
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